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dc.contributor.authorSoriano Asuar, Andrés 
dc.coverage.spatialeast=-1.5402326999999332; north=37.8624187; name=30859 Totana, Murcia, Españaes_ES
dc.date.accessioned2011-10-24T10:48:50Z
dc.date.available2011-10-24T10:48:50Z
dc.date.issued2011
dc.description.abstractLa economía sostenible, también conocida como desarrollo sostenible, perdurable o sustentable, caracteriza un tipo de desarrollo socio-económico en 1987, a través del Informe Brundtland, proveniente de la Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo de Naciones Unidas. Desarrollo Sostenible podría definirse como satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las del futuro (Informe de la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo. Comisión Brundtland 1987). Para lograr esto, la economía sostenible debe satisfacer las necesidades de la sociedad tales como la alimentación, ropa, vivienda y trabajo. Por otro lado, el factor tecnológico, los recursos del medio ambiente y la capacidad del medio ambiente para absorber los efectos de la actividad humana, son básicos para un desarrollo en el tiempo. La necesidad de un desarrollo sostenible proviene tanto del hecho de tener unos recursos naturales limitados (nutrientes en el suelo, agua potable, minerales, etc.), susceptibles de agotarse, como del hecho de que una creciente actividad económica sin más criterio que el económico produce, tanto a escala local como planetaria, graves problemas medioambientales que pueden llegar a ser irreversibles. De los límites de los recursos naturales surgirían 3 reglas: 1. Los recursos renovables no deberán ser utilizados a un ritmo superior al de su generación. 2. Los recursos contaminantes no deberán producirse a un ritmo superior al que pueda ser reciclado, neutralizado o absorbido por el medio ambiente. 3. Los recursos no renovables no deberán utilizarse a mayor velocidad de la necesaria para sustituirlos por un recurso renovable.Los tiempos modernos, donde la globalización gana los titulares de los medios de comunicación, parecen mostrarnos una aparente falta de interés hacia la conservación del medio ambiente; en realidad, una verdadera integración económica debe ir a la par de la implementación de medidas regulatorias que no coarten la actividad económica y que contribuyan a un desarrollo sustentable, además de una gestión ambiental en donde se vea implicada la ciudadanía, no como grupo de presión, sino como personas partícipes al tomar decisiones con consecuencias ambientales. Es precisamente en este esquema general donde la economía ambiental surge para buscar, o por lo menos plantear, vías favorables que conlleven a la optimización de la explotación de recursos naturales, cuyas reservas son escasas pero con usos diversos por los cuales hay que optar. La economía ambiental abarca el estudio de los problemas ambientales empleando la visión y las herramientas de la economía. Actualmente, existe un concepto erróneo de Economía, ya que lo primero que se piensa es que su campo de estudio es en su totalidad sobre decisiones de negocios y cómo obtener rendimientos en el modo de producción capitalista. Pero la Economía trata sobre las decisiones que realizan actores económicos sobre el uso de recursos escasos. Podríamos preguntarnos por qué se deteriora el medio ambiente. Podría ser debido a diversas causas, una falta de respeto implícita en la cultura de la sociedad, la carencia de ética o el simple posicionamiento de “no hacer nada”. El cuidado de los recursos naturales no requiere de una actitud pasiva, sino de un trabajo activo e inmediato, por medios que realmente propongan soluciones y no agraven la condición actual. Las mejores propuestas para alcanzar la protección y preservación del medio, surgirán de la concienciación de las personas, y de la responsabilidad inherente de las instituciones privadas y públicas de crear incentivos que conduzcan a los consumidores a tomar decisiones en una dirección determinada. Las empresas deben impulsar medidas estratégicas que evalúen los efectos sociales, tecnológico–culturales, económicos y ecológicos, que permitan crear una cultura ambiental, y olvidarse de ganancias que se obtengan a expensas del medio ambiente. Por otro lado, no sólo las empresas son fuente de contaminación, los consumidores individuales contribuyen a esta problemática de una manera potencial. Un ciudadano no cuenta con un registro contable que le permita conocer la utilidad o pérdida que le ocasiona contaminar, pero sí conoce las consecuencias de hacerlo. Cualquier estructura económica producirá un impacto ambiental destructivo si los incentivos no están encaminados a evitarlo. El incentivo es una ganancia adicional que influye sobre el comportamiento de las personas. Por ejemplo, una persona que está acostumbrada a tirar desechos de aluminio a la calle, de pronto se da cuenta que le resulta más rentable juntarla y venderla para su reciclaje. Otros aspectos que influyen en el comportamiento de las personas son los factores psicológicos como la autoestima o la satisfacción de haber realizado una acción positiva. Pero un incentivo económico tiene implicaciones más sobresalientes, ya que éstos representan problemas microeconómicos y macroeconómicos. En el primer caso tiene que ver con el comportamiento de los individuos o microempresas, firmas contaminadoras y firmas reguladoras de impacto ambiental. En el caso macroeconómico se refiere a las reformas estructurales reflejadas en un desarrollo del país visto como un todo. Estos dos aspectos resultan de vital importancia para poder emitir políticas ambientales. La Organización Mundial del Turismo (OMT), en relación al turismo sostenible (con base en la definición de desarrollo sostenible establecido por el Informe Brundtland) afirma que: El desarrollo del turismo sostenible responde a las necesidades de los turistas y de las regiones anfitrionas presentes, a la vez que protege y mejora las oportunidades del futuro. Está enfocado hacia la gestión de todos los recursos de manera que satisfagan todas las necesidades económicas, sociales y estéticas, y a la vez que respeten la integridad cultural, los procesos ecológicos esenciales, la diversidad biológica y los sistemas de soporte de la vida. El turismo es una de las mayores industrias mundiales, una de las que más afecta al medio ambiente (Worldwatch Institute, 1984-2008; Almenar, Bono y García, 1998) y también una de las vías de intercambio cultural con más incidencia (no siempre negativa, ni mucho menos) sobre las costumbres de visitantes y visitados (Vilches y Gil Pérez, 2003). Emplea a más de 250 millones de trabajadores en todo el mundo (uno de cada nueve) y genera cerca del 11% del PIB mundial. Después de la cantidad que dedicamos los habitantes del “Norte” a la alimentación, le sigue el turismo, que supone un 13% de los gastos de consumo. Prácticamente, ningún lugar de la Tierra “se salva” hoy del turismo, desde la Antártida al Everest y ningún país quiere verse privado de las rentas que produce. Los datos acerca de las consecuencias del turismo son contradictorios. Por una parte tenemos claras repercusiones positivas: creación de empleo, incremento de ingresos económicos, evitación de migraciones por falta de trabajo, mejora del nivel cultural de la población local y apertura a costumbres más libres, intercambios culturales en ambos sentidos, de modos de vida, sensibilización de turistas y población local hacia el medio ambiente, etc. Por otra parte están las consecuencias negativas: incremento en el consumo de suelo, agua, energía, destrucción de paisajes, aumento de la producción de residuos y aguas residuales, alteración de los ecosistemas, introducción de especies exóticas de animales y plantas, inducción de flujos de población hacia poblaciones turísticas, aumento de incendios forestales, tráfico de personas y drogas, etc. Está documentado que los flujos turísticos contribuyen notablemente, por su relación con el transporte aéreo y por carretera, a la lluvia ácida, a la formación del ozono troposférico y al cambio climático global. Y desde un punto de vista más local, el turismo afecta a todo tipo de ecosistemas: desde el litoral hasta las montañas invadidas por estaciones de esquí, pasando por los conocidos campos de golf, que tantas repercusiones tienen debido al enorme consumo de agua (Almenar, Bono y García, 1998). Puede decirse, pues, que el turismo, tal como se está realizando actualmente, no es sostenible. Pero esto es consecuencia, como en el caso de otros muchos problemas, de una búsqueda de beneficios inmediatos, que impulsa a la masificación y a la destrucción de recursos. Como ha reconocido Francesco Frangiali, secretario general de la Organización Mundial del Turismo, “es cada vez más evidente que el turismo está siendo víctima, pero también contribuye al cambio climático y a la reducción de la biodiversidad”. El turismo sostenible (turismo responsable, ecoturismo, turismo “slow”…), se ha traducido en la consideración de una serie de requisitos que la Organización Mundial del Turismo (OMT 1994) considera fundamentales para la implantación en los centros turísticos: La minimización de los residuos. Conservación y gestión de la energía. Gestión del recurso agua. Control de las sustancias peligrosas. Transportes. Planeamiento urbanístico y gestión del suelo. Compromiso medioambiental de los políticos y de los ciudadanos. Diseño de programas para la sostenibilidad. Colaboración para el desarrollo turístico sostenible. Se hacen necesarias medidas efectivas para lograr que, como reclama Naciones Unidas, las actividades turísticas se organicen “en armonía con las peculiaridades y tradiciones de las regiones y paisajes receptores (…) de forma que se proteja el patrimonio natural que constituyen los ecosistemas y la diversidad biológica” (Hickman, 2007) y, habría que añadir, cultural. Así, la implantación de la etiqueta “comercio justo” podría ser una garantía de que una empresa turística utiliza procedimientos sostenibles, respetuosos con el medio y con las personas. En esa dirección van también las propuestas de introducir "ecotasas", con la idea de que quién contamine pague la descontaminación o que quién hace turismo contribuya a la compensación de las emisiones de CO2 (debidas, por ejemplo, a los desplazamientos en avión) y al mantenimiento de los espacios naturales visitados. Y aunque ello no sea suficiente, estas medidas con finalidad ambiental pueden ser una buena ayuda incluso para la toma de conciencia ciudadana y han empezado ya a ponerse en práctica, con una respuesta muy positiva de los turistas afectados, que consideran que así se implican en la recuperación, mejora y conservación del patrimonio natural. En definitiva, empieza a crecer una demanda de turismo respetuoso con el medio y con las personas, que se ajusta a los requisitos de la “Nueva cultura” (de la movilidad, energética, urbana, del agua…) y que apuesta, consiguientemente, por reducir al máximo las emisiones contaminantes que genera el viaje, por valorar más los pequeños hoteles locales a las grandes cadenas hoteleras, por contribuir con ecotasas a la protección de la zona en vez de buscar los precios más bajos a costa de la explotación de los trabajadores y la degradación del medio. El ecoturismo podríamos decir que es un subcomponente del campo del desarrollo sostenible, es una forma de turismo centrado en la naturaleza que se caracteriza por estar fuertemente orientado al desarrollo sostenible, y por lo tanto, se sustenta en el cumplimiento de siete componentes: 􀂃 Contribuye a la conservación de la biodiversidad. 􀂃 Sostiene el bienestar de la población local. 􀂃 Incluye una experiencia de aprendizaje / interpretación 􀂃 Involucra la acción responsable por parte de turistas y de la industria turística. 􀂃 Es ofrecido primordialmente a grupos pequeños por pequeñas empresas. 􀂃 Requiere el consumo más bajo posible de recursos no renovables. 􀂃 Enfatiza la participación local, propiedad y oportunidad de negocios para la población rural. El turismo ecológico se presenta como una alternativa respetuosa con la naturaleza, basada en el desarrollo sostenible, que ofrece una opción más ecológica y saludable a los consumidores, y una mejora de las comunidades locales. Los parajes naturales, la gastronomía ecológica, o la falta de masificación son algunas de las ventajas que ofrecen los proveedores de este turismo ecológico, aunque reconocen que la oferta es todavía insuficiente y los precios son en general más caros. Este trabajo fin de master tratará de hacer una valoración de un espacio natural de la Región de Murcia, el Parque Regional de Sierra Espuña. Se trata de un entorno con valor económico y ambiental pero que carece de un precio que pueda orientarnos sobre su valor, como suele suceder con los bienes ambientales. Para ello se utilizarán técnicas de economía ambiental, concretamente, un método indirecto o de preferencias reveladas, el método del coste del viaje. Responde a la inquietud de este alumno derivada de la necesidad de un desarrollo sostenible, y concretamente, de un turismo sostenible capaz de aunar la generación de riqueza con el respeto ambiental.eng
dc.formatapplication/pdfeng
dc.language.isospaeng
dc.publisherAndrés Soriano Asuareng
dc.rightsAtribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 España*
dc.rights.urihttp://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/3.0/es/*
dc.titleEstimación del valor recreativo del parque regional de Sierra Espuña a partir del método del coste de viaje zonal sin equidistanciaeng
dc.typeinfo:eu-repo/semantics/masterThesiseng
dc.contributor.advisorTobarra González, Miguel Ángel 
dc.subjectSierra Espuñaeng
dc.subjectValor recreativoeng
dc.identifier.urihttp://hdl.handle.net/10317/1853
dc.description.centroFacultad de Ciencias de la Empresaeng
dc.contributor.departmentEconomíaeng
dc.rights.accessRightsinfo:eu-repo/semantics/openAccesses


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